Una danza bélica al servicio de la fotografía.

1917 abre el espacio para contar la anécdota en un plano secuencia del trayecto de dos soldados del ejército británico en una misión suicida, que los lleva a abandonar sus trincheras y atravesar las líneas para entregar al otro lado de ellas, un mensaje de suma importancia en medio de la Primer Guerra Mundial.

Una narrativa por momentos contemplativa, llena de tensión y donde el plano secuencia tiene como objetivo sumergirte en la visión de los personajes y su interacción personal con las atmósferas y escenarios que requieren un monumental equipo de coordinación. Una cinta que utiliza todos los avances tecnológicos para simular los cortes, un recurso que te lleva por un recorrido en tiempo real de 24 horas sobre el trayecto de los soldados y su lucha, por aquellos charcos llenos de lodo que dejan cuerpos inertes y que ahora son sólo espectadores de la intensidad de la guerra, sus trampas, las dudas y acontecimientos bélicos que vuelven de la misión, un infierno implacable y sin redención.

Conforme avanza la circunstancia, el drama se agudiza, y esa cámara que en un principio mostraba una lucha personal, se transforma en una visión más abierta, una visión que se vuelve más testigo que partícipe, que idealiza los momentos y se convierte en testigo de la introspección del personaje, es aquí donde el director cambia su linea y pierde un poco de coherencia del objetivo que inicialmente mostró, dando más significado al drama que al trayecto, quitando la interacción sobre los vestigios bélicos que van encontrando y dejando a su paso, y que pasa de un micro ecosistema infernal, a una no menos simple historia de guerra. La fotografía y la intención, embellecen de más la tragedia del trayecto.

Poseedora de grandes secuencias (valga la redundancia con su recurso narrativo), que nos recuerdan a esa primera toma que dio vida Spielberg con su Saving Private Ryan (1998) y que intentan reflejar lo orgánico de la agresividad de la guerra y es aquí donde Roger Deakins enmarca con su sofisticación y manejo de espacios, sombras y colores que juegan en sincronía, en donde sus actores danzan en pro de su fotografía, y donde el montaje en el principal elemento narrativo.

Música y sonidos que crean las atmósferas retratadas por Deakins, así como lo hizo de forma impecable en Blade Runner 2049 (2017), que generan tensión y reflejan la intención de Sam Mendes, un recurso que juega, tal vez un poco demás, con la interacción de los elementos del cuadro.

Pero la guerra no es así, es un desatino de circunstancias catastróficas y sin sentido que reflejan solamente el anhelo inhumano de naciones sin consciencia; y esta historia se encuentra ahí, brincando entre estas dos técnicas, el de la coreografía secuencial de Mendes, hasta la belleza estética de Deakins, pero la cinta requiere una dosis más de crudeza, así como lo demanda esta maldita fantasía llamada guerra.

1917, Nueva Zelanda, EU, 2019

Dirige: Sam Mendes

Guion: Sam Mendes y Krysty Wilson-Cairns

Fotografía: Roger Deakins

Duración: 119 minutos

Por santi2099

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